Allá en a fines de los 80s, cuando hacía mis pininos neuronales, tuve la suerte de tropezar con tres libros que se convirtieron en algo así como los pilares de mi pensamiento: “La Apología de Sócrates” de Platón, “En Busca de un Mundo Mejor” de Karl Popper y, “La Responsabilidad como Destino” de Václav Havel.
Los tres los leí, subrayé, sobé, dormí con ellos bajo la almohada y, en general, intenté incorporarlos (bello verbo que viene del latín “in corpore“: hacer cuerpo, hacer vida) a mi pensamiento. Si bien hoy los tres todavía viven en el estante de mi biblioteca donde guardo las obras de esos autores imprescindibles que me han acompañado e iluminado a través de los años, es justo decir que el libro que más me impactó fue el de Václav Havel.
Y es que, a diferencia de los otros dos, Havel era lo que yo aspiraba ser: un intelectual moderno y activo, comprometido con los asuntos sociales sin por ello haberse ideologizado, un hombre creyente en la trascendencia y, -al mismo tiempo- escéptico de toda la religión organizada.
Quizá por eso seguí la carrera de Havel muy de cerca e incluso proyecté escribir un libro sobre su azarosa vida: leí varias de sus biografías, todas sus obras de teat
ro y -con mayor deleite- las cartas, discursos y ensayos políticos escritos desde la disidencia (1968-1990), desde la Presidencia de su País (1990-2003) y desde la post-Presidencia (2003-2011). Mi admiración por él llegó a tal grado que en 1991 le escribí una larga carta cuya respuesta el entonces Presidente checo tuvo a bien firmar con su característico plumón verde (color de la esperanza) y un corazón rojo (debidamente enmarcada junto a un retrato de Havel, la carta aún adorna una de las paredes de mi hábitat).
Sin yo notarlo, Havel llenó a tal grado una etapa de mi vida que -fuera de Dagmar Havlova, la segunda esposa y viuda de Havel- nadie recibió más condolencias por la muerte del ex-Presidente checo que yo. Y cual viuda (intelectual), ahora que Vaclav se nos fue, volví a leer mis notas y las citas bibliográficas que acumulé a lo largo de los años, solo para descubrir que es extremadamente difícil hacerle justicia a un Chanoc cuando este se nos muere (Snif! Snif!).
Aun así hay que intentarlo…
Si bien la lista de ideas y sugerentes conceptos que Havel me dejó es larga, lo que aprendí de él fue más un ethos, -una convicción-, que una serie de ideas. Y es que de Havel me viene el convencimiento medular de que la ética y el humanismo no sólo son suficientes para anclar una vida buena, sino que con ellas es posible tender lazos ahí donde otras alternativas existenciales más socorridas y aspaventosas -como las religiones e ideologías- dividen a la Humanidad y generan discordia.
A diferencia de los sistemas de creencias pre-fabricados, el Humanismo que Havel predicó y practicó a lo largo de su vida es un camino solitario y difícil pues implica “reflexionar sobre todas las cosas con tu propia mente, sin prejuicios y apartarte de toda tentación de facilitarte la vida aceptando un conjunto de ideas formulado por una mente ajena” (Meditaciones Estivales). Pero esta libertad ganada a neurona partida es imprescindible para que el humanista cumpla su misión social, pues le permite estar en constante vigilia contra las tres grandes tentaciones de la mente que son, precisamente, las tres cosas que Václav Havel me enseñó.
1) Tu grado de fe o convicción en una causa, líder, religión o sistema no te autoriza a imponérsela a los demás:
Con Havel entendí que el Humanismo puede ser firme sin ser dogmático y abordar temas serios sin caer en la solemnidad y agresividad de otras alternativas cuyos adeptos suelen tomarlas tan en serio que matan, esclavizan y atropellan la libertad ajena en su (¿Su?) nombre.
Como decía Havel en Disturbing the Peace – esa maravillosa entrevista a distancia traducida al inglés por Paul Wilson- “Si deseas arriesgar tu vida por la libertad común, puedes hacerlo. Si yo deseo sacrificar mi vida por tí, puedo hacerlo. Pero eso no nos da, ni a ti ni a mi, el derecho de obligar a otros a inmolar su vida o comodidad, ni siquiera nos da el derecho de pedírselos”.
Esa convicción -de que la ética puede ser férrea para con uno mismo y, al mismo tiempo, respetuosa de las elecciones de los demás (mucho ojo amiguitos cara a las elecciones de este 2012)- fue lo que llevó a Havel a la cárcel en 4 ocasiones y, también lo que le permitió escribir “Protest”, una obra de teatro donde Vanek -el alter ego de Havel- se burla de la tentación narcisista que acecha a todo luchador social y lo hace creerse moralmente superior a quienes eligen no hacer nada. La mayor tentaci{on del activista, dice Havel, es creerse un “profesional de la solidaridad y lucha moral” y despreciar a quienes viven por un código de valores distinto al suyo (¿me están oyendo, amigos Amlistas?).
2) Recuerda que un intelectual debe propiciar el cambio desde abajo y afuera, no “desde dentro”
La segunda gran lección que Havel me dejó es que el intelectual tiende a olvidarse de su misión crítica por su afán de ser importante y querer figurar en “las grandes decisiones” de gobierno o verse premiado o beneficiado por el sistema. Para Havel -en contraste con lo que es, y a lo que aspira, el intelectual mexicano- un pensador no puede ser jamás miembro del establishment; no puede aceptar nombramientos, dirigir Academias, ser miembro de páneles o grupos consultores. Tampoco debe aceptar becas, premiecitos o medallitas porque estas, Maquiavelo, Sartre y Maurice Joly sabían muy bien, comprometen la libertad del intelectual, lo convierten en cliente del sistema, domestican su pluma. “Un intelectual en esencia no ‘pertenece’ en ningún lado- escribe Havel en Open Letters– es irritante dondequiera que se encuentre y no encaja en ningún lado completamente”. O sea, el pensador es por definición, un desadaptado y es precisamente su falta de adaptación lo que le permite ser crítico.
Pese a ser Presidente de su País, Havel siempre mantuvo una sana distancia del poder y sus encantos. Como le dijo a Paul Wilson en la citada entrevista: “yo creo que la misión del intelectual es molestar constantemente (yes!), ser provocativo siendo independiente (yes!), rebelarse contra todas las presiones y manipulaciones violentas o sutiles (yes!), debe ser el principal escéptico de los sistemas (yes! yes! y recontra yes!), ser el principal enemigo del poder y sus encantos y, el principal testigo de la lambisconería que engendran” (¡San Havel Ruega Por Nosotros!).
3) ¡Bienaventurado el rey que tiene un bufón valiente y sabio!
Una de las ideas más olvidadas en la actualidad es que el rol del intelectual moderno se deriva del papel del viejo bufón de la Corte. Como el bufón, el intelectual merodea los pasillos del poder pero no busca puesto alguno; lo suyo es “buscar las incongruencias de los gobernantes, dudar lo que parece obvio, relativizar toda autoridad y preguntar lo que nadie se atreve” (Dahlendorf). Y en esta labor -Havel sabía muy bien- no hay mejor aliado que el humor.
Quizá por ello, una de las cosas que siempre distinguió a Havel y uno de los primeros temas que discute en su diario de la Presidencia (To The Castle and Back) es la relación del poder con el humor: Yo intenté siempre seguir, dice Havel, “la enseñanza de Bakhtin: que los malabaristas, los bufones y payasos -personajes que por la naturaleza de su actividad desinflan la pomposidad del poder-, deben ser siempre parte del entorno del gobernante”.
Y es que en su capítulo sobre la historia de la risa, el pensador ruso Bakhtin sostiene que el humor es una fuerza liberadora y terapéutica, pues contrario a la seriedad que siempre es autoritaria, la risa degrada al poder, lo convierte -ya no en una actividad solemne ante la que todos debemos doblar la rodilla (o besar algún trasero)- sino en uno más del amplísimo catálogo de ridículos afanes humanos (Shanti Elliot: The Philosophy of Carnival).
Por recordarnos que la ética nos da luz para guiar nuestros pasos pero nunca la suficiente para obligar a otros a seguirnos; por vivir siempre alerta a las manipulaciones del poder y sus encantos; y, por recordarnos que el humor subvierte la solemnidad en la que se basa el poder y los poderosos y, sobre todo, por darnos la medida de lo que es y puede llegar a lograr un pensador cuando es fiel a los dictados de su conciencia, gracias, muchas gracias mi querido Václav Havel!




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