En nuestra última conversación heideggariana hablamos de las tres virtudes del Pensamiento Ontológico: Humildad, Paciencia y
Generosidad. Tres actitudes que difícilmente asociamos a la tarea de pensar. Y es que al menos desde Sir Panchito Tocinos (Francis Bacon), pensar se ha convertido en “poner a la Naturaleza en un potro de torturas y obligarla a confesar sus secretos”.
Pero esta actitud inquisitiva, que sin duda sirve para hacer progreso científico, es según nuestro buen Marty (Heidegger), lo más contrario que hay al pensamiento ontológico. Amén de ser la causa última de la devastación humana y ecológica del Planeta Tierra (y, mucho ojo amiguitos que cuando un filósofo como Marty usa la palabra “devastación” no lo hace simplemente por parecer elegante sino porque hay una diferencia crucial entre “destrucción”, “desastre” y “devastación”: ahí donde destrucción y desastre implican arruinar algo de tal modo que aún tienen remedio, devastación es la destrucción irreparable de las condiciones mismas que hacen posible la vida).
Así que llegados a este punto vale la pena preguntarnos ¿qué obtiene una persona que ha desarrollado la paciencia, la humildad y la generosidad para pensar ontológicamente? O, lo que es lo mismo, ¿en qué se diferencia existencialmente quien tiene una mirada auténtica de aquel Rey Midas sólo veía en función de los deseos y necesidades de su ego? ¿Y por qué es esto tan importante hoy en día?
Tres, dice Heidegger, son los beneficios de aprender a pensar ontológicamente: encontrarnos a nosotros mismos (¿on toy?), aprender a propiciar la verdad (¿on tá?) y aprender a ser con otros. Y aunque más adelante hablaremos largo y tendido de cada uno de estos beneficios, hay les va un pequeño adelanto de lo que está por venir (pa’ que se les caiga la baba):
1. BEFINDLICHKEIT (encuentro con uno mismo): Uno de los más graves problemas del ser humano moderno –dijimos aquí– es tener mirada de Rey Midas. Todo vemos pero nada retenemos, nada disfrutamos, nada nos llena. Eso, dice Heidegger se debe a que hemos olvidado el asombro ante la existencia y por eso vamos por el mundo con alma de coladera: nos llenamos de experiencias, cosas, espectáculos, conocimientos pero todo se nos cuela, se nos escapa dejándonos vacíos.
Para Heidegger este sentimiento de vacío no es casual: entre el ‘olvido del Ser’ y la sociedad consumista hay una relación de causa-efecto: “Recurrir insistentemente a las cosas que tenemos a mano y existencialmente volverle la espalda al misterio son uno y lo mismo. Errar (en el doble sentido de equivocarse y vagar) es la huida del hombre del misterio hacia lo que el mundo pone a su disposición, huida que va de una cosa a otra, sin jamás reparar en su misterio”.
Entonces, si queremos vivir más plenamente en el aquí y ahora tenemos que propiciar ese encuentro con nuestra verdadera naturaleza.




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