“Nadie me entiende!”, “Todos son unos Losers!”, “Yo soy diferente!”. Cualquiera que haya oído estas expresiones (o las haya usado) ha estado en contacto con una Mente Roja.
La Roja es la cuna del ego, el aflorar de ese sentido de la personalidad que llamamos “yo”, y ese yo ya no se siente a gusto siendo uno más de la tribu (Mente Morada).
El Rojo aspira -como su color- a dominar, a ser visto, a demostrar al mundo que su portador (o sea “yo”) es único, irrepetible y nunca visto (hecho a mano, ché!).
Es la mentalidad egocéntrica y heroica que domina la vida humana entre los 2 años y el fin de la adolescencia. Su lema bien pudiera ser: “La vida es una jungla donde sólo sobreviven los fuertes. Mi fuerza me permite someter a los demás y a la Naturaleza a mi voluntad. Mi ideal de felicidad es ganar poder, reputación y el respeto de los demás.”
Y aunque por su nombre (egocéntrica) y sus manifestaciones solemos interpretarla como algo negativo (especialmente si tenemos un Transformer adolescente en casa), lo cierto es que la Mente Roja es parte indispensable de nuestro repertorio existencial, pues sus desplantes son lo que nos prepara para ser individuos capaces de afrontar retos, ir contracorriente, superar obstáculos y conocer nuestros límites.
La Necesidad de Ser Rojos
Para lograr todo eso (que no es otra cosa que forjar el propio carácter y demostrar nuestra valía), la Mente Roja empieza por rechazar los lazos que tan estrechamente nos vincularon en nuestra época Morada en que éramos “uno más de la tribu” (o el favorito de mamá).
Y es que al aflorar el Rojo, los vínculos de la Tribu Morada ya no son protectores sino inhibidores: la autoridad de los padres, las tradiciones de la casa, la compañía de los suyos son para la Mente Roja imposiciones que vienen de fuera, que pretenden homogeneizarlo con los demás y robarle su más grande tesoro: su individualidad.
Y es que el anhelo más grande de los humanos cuando nos hemos instalado en la Mente Roja es que los demás reconozcan lo que nosotros recién venimos de descubrir: nuestro yo y su radical originalidad. Culturalmente aquí aparece la literatura heroica: de Gilgamesh, a los héroes de Homero, Spiderman y los Avengers, todos nutren la necesidad de revelar al mundo nuestros “súper poderes”.
Pero como es natural, el ámbito doméstico insiste en tratarnos con criterios morados (de pertenencia), y por ello pronunciamos la queja y la exigencia mil y un vez repetida por todos los adolescentes que hemos pasado por el planeta: “Nadie me entiende” seguido de un sonoro “Déjenme en paz!”
Que la dejen sola -“en paz”- es lo que la Mente Roja anhela porque sólo así puede explorar su propio universo y forjar sus valores de acuerdo al sentido de originalidad que siente en sí (todos los adolescentes nos hemos creído superdotados en alguna etapa de la vida).
Solo rompiendo con la tribu, cree la Mente Roja que logrará dar con una fórmula que le permita expresarse de manera creativa, única, irrepetible.
Confesiones de una Mente Roja
Pese a todos sus desplantes de independencia, la Mente Roja sigue atada a la tribu pues su máximo anhelo es conseguir el elogio, la admiración y la adulación de los demás.
Por eso mucho de su impulso de independencia -de ese “yo no necesito a nadie”- es pose. La Mente Roja necesita a los demás tanto como la Morada, pero los necesita de otra forma porque sus necesidades psicológicas ya no son de seguridad sino de reconocimiento.
Reconocimiento que la Mente Roja está dispuesta a lograr por la buena o por la mala, por la vía de la admiración o la violencia.
Dicho de otro modo: la Mente Roja no quiere ser libre, quiere tener fans (como dicen en EU: The Comb Is Out! Ya salió el peine de porqué es tan difícil entender a los adolescentes: piden exactamente lo contrario de lo que realmente quieren!). Y no importa mucho la razón por la cual esos fans lo sean -a la Mente Roja lo mismo le da si la admiran por su belleza, talento, poder o crueldad.
Así, el objetivo de una Mente Roja no es salirse definitivamente de la tribu (familia, grupo de amigos, etc), sino convertirse en su estrella o su dueño (ser su papá, dicen los adolescentes y no tan adolescentes): ser el ganador de “American Idol”, o “La Academia”, avasallar a los meros mortales (los losers) con su originalidad, talento, imagen, fuerza o “coolness”.
Los bullies de la escuela, los donjuanes de la adolescencia, las princesitas sociales, los líderes de las bandas criminales son todas expresiones de la Mente Roja.
Y es que de la misma forma que la Mente Morada está vinculada a la división del mundo en “Ellos” y “Nosotros”, la Mente Roja está asociada a la expresión y la expansión del ego. Su visión es jerárquica: los de arriba y los de abajo. Y por eso la Mente Roja nada desea más que imponer su tronador chicharrón sobre quien se deje: soy número uno, me perteneces, soy el rey, aquí mando yo son expresiones típicas de la Mente Roja.
La Mente Roja es egocéntrica. Los demás sólo existen si engrosan las filas de mi club de fans, de mis vasallos, de mis amigos del face, de mis conquistas: son ojos que me ven, manos que me aplauden, bocas que me elogian, mentes que me admiran, cuerpos que se me rinden y me hacen más popular, más conocid@, más deseable o más temid@ (en el caso de la Mente Roja enfermiza), pero no son personas, ni sus necesidades o deseos me son importantes.
Quizá nadie mejor que Martin Buber exprese la visión Roja que ve a los demás como cosas (It) no como personas (Thou). Para la Mente Roja los demás son simples escalones, medios para su fin, peldaños para el logro de su gloria.
Las películas escolares de Hollywood están llenas de Rojillos y Rojillas: chamacos cuyas energías vitales se gastan en tratar de ser populares destruyendo vidas y reputaciones ajenas (también esta el molde contrario: el del “loser” que quiere destacar por ser rarit@, vampir@, desadaptad@ o darko, no importa, la cosa es destacar, aunque sea negativamente).
Cuando somos Rojos
Tristemente esta mentalidad que todos conocemos y reconocemos como parte integral de nuestro crecimiento, es una de las que menos se abandona conforme nos hacemos viejos (como dicen por ahí: envejecer es obligatorio, madurar es opcional) y en el mundo hay millones de personas (más varones que mujeres) que siguen actuando bajo el influjo de la Mente Roja.
En el lado positivo (no dañino y hasta trágicamente cómico) son los “cebollones” (cabeza blanca y rabo verde) que a sus 60
años se siguen creyendo galanes de la pantalla grande, o los jóvenes cuya energía vital se agota en ser el macho alfa de la cuadra (esos que pasan horas en el gimnasio detallando las abdominales y los bíceps que hablan de fuerza física y poder sexual). O las mujeres que perpetúan su necesidad de ser admiradas por la vía del Botox y la cirugía plástica (hasta que -tipo Cher- les queda cara de brincolín), etc.
En el lado negativo (dañino) la Mentalidad Roja se expresa en los deportistas que no soportan dejar de ser #1 y se dopan o usan anabólicos para seguir dominando su disciplina; en los dictadores que gobiernan sin consenso del pueblo (el líder sirio Bashir al Assad por poner un ejemplo); en el absoluto desprecio al derecho de la autodeterminación sexual de la mujer de algunas culturas patriarcales (islámica en primer término); y en ese largo etc de crímenes que tienen su origen en la necesidad de imponerse al otro por la fuerza: asesinatos de indefensos, violaciones, peleas de bar y de vecindario, etc.
La semana que entra: La Mente Roja-Azul.





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