Una vez al año, religiosamente, como los católicos y los judíos celebran la Pascua y los musulmanes su Ramadán, yo regreso con devoción a la Apología de Sócrates escrita por Platón allá en el siglo cuarto antes de Cristo.
La razón de mi eterno retorno no es que el Alzheimer se haya llevado mis dos bits de memoria.
Al contrario, si regreso a la Apología no es porque no la recuerde, sino porque desde que la leí por primera vez allá en el Paleozoico tardío (o sea mi adolescencia) no he podido olvidarla. Y muy en particular aquel pasaje que dice:
“Eh, amigo mío, ¿como es que siendo de Atenas, la ciudad más grande y famosa por su poder y sabiduría, no te avergüenzas de no pensar en otra cosa sino en adquirir riquezas, gloria y honores sin cuidar para nada de la sabiduría, la verdad y el cuidado de tu alma?”
Si, ya sé: nosotros ni somos atenienses, ni nuestra ciudad es famosa por su sabiduría. Amén de que “el cuidado del alma” suena medio religioso (mocho, pues’n). Pero no se preocupen: en griego este cuidado del alma nada tiene que ver con darse golpes de pecho o repetir avemarías.
En griego, cuidar el alma (Therapeia Psyché) es la ciencia y disciplina de alcanzar la EXCELENCIA HUMANA (anthropiné areté) o, lo que es lo mismo, aprender a vivir bien en las circunstancias únicas e irrepetibles que nos tocaron.
¿Qué es la Excelencia?
Y aquí es donde la cosa se pone interesante, pues siendo nuestras circunstancias inéditas, no hay receta de cocina (o bestseller de la mesa de novedades de Sanborn’s) que nos ayude a alcanzar nuestra excelencia.
No, cuando se vive en griego hay que pensarle por cuenta propia y batallarle TODOS LOS DIAS por definir y encarnar NUESTRA excelencia.
Eso implica, antes que nada, conocernos a nosotros mismos (no vaya a ser que, orinando fuera del mingitorio, andemos queriendo encarnar la excelencia del vecino, o la que esperan nuestros padres, o la sociedad, o la Iglesia…)
Por eso, en la cita de arriba, Sócrates relaciona el cuidado del alma a la verdad y a la sabiduría.
La verdad (así con minusculitas) nos dice que somos seres humanos y para ser felices, necesitamos dice mi compadre Aristóteles (que es el más all-inclusive de los filósofos):
A) Bienes del cuerpo (salud, belleza, hijos, etc),
B) Bienes externos (dinero, poder, prestigio, etc.) y
C) Bienes del alma (paz, placer, sabiduría, amistad, etc)
Y la sabiduría nos dice en qué grado y en qué orden debemos -en nuestras circunstancias particulares- perseguir cada uno de esos bienes
(¿Trabajo una hora extra para tener más lana o me voy al gimnasio para cuidar mi salud? ¿Atiendo al amigo que tengo enfrente o tomo la llamada de mi celular?
Eudaimonia: El Camino Aristotélico de la Felicidad
Así, cuidar el alma nos lleva a la Eudaimonia -término aristotélico que incluye ser excelente, pleno y feliz- implica practicar A DIARIO la disciplina del malabarismo existencial: ordenar nuestras prioridades vitales o, lo que es lo mismo, practicar esa sabiduría que Platón llamó Filosofía (y que nada tiene que ver con el somnífero para dromedarios que ha engendrado la academia moderna y que solo pueden practicar los “filósofos”).
O sea, para la tradición griega todos somos filósofos siempre y cuando nos esforcemos A DIARIO en vivir lo mejor posible ESE DÍA.
Y si destaco el carácter DIARIO de la práctica es porque los seres humanos sufrimos de ADD existencial y las prioridades suelen desbalagársenos con extrema facilidad (Digo, no sé ustedes pero en mi caso los pendientes asfixian a las prioridades y acabo haciendo las cosas importantes a 5 minutos para la medianoche).
Entonces si no estamos atentos, nos pasa como al camarón que se duerme: nos lleva la corriente (del consumismo, del activismo, del me latismo, de los pendientes) y dejamos de ser filósofos que es otra manera de decir que dejamos de ser racionales y conscientes de nuestras decisiones y elecciones vitales.
Así que ya lo saben: si quieren incluir el título “Filósofo” en su perfil de Facebook (ja, ja), basta con que todas las mañanas apunten en una tarjetita tres prioridades del día -tres- y las lleven a cabo.
Si le atinaron a las prioridades y las lograron: ¡Felicidades! pues, como bien dice mi compadre Aristóteles, “de decisión en decisión llega el hombre a la Eudaimonia (excelencia y felicidad) o, a su contrario”. Feliz Noviembre!





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