Ok, ya sabemos que pensar no es el mono enjaulado, ni la lógica, ni la profesión o responsabilidad de unas pocas vacas sagradas. También tenemos ma’ o meno’ una idea de a dónde queremos llegar (a tener mayor profundidad existencial, a ser más humanos). Ahora viene lo bueno: ¿por donde empezamos?
Como cualquier otra aventura, pensar requiere de tres cosas: un destino, un punto de partida y la voluntad de recorrer el camino entre uno y otro. Así que, antes de prender el motor de nuestra nave neuronal, programemos nuestro GPS mental con el PPP (Punto de Partida del Pensamiento), lo cual no debe resultar difícil para los tres lectores que me han seguido hasta aquí. De hecho, por sus comentarios, ya se ve que algunos han caído en la cuenta de que no saben pensar. Y esa admisión de ignorancia es precisamente el PPP.
En realidad, los que saben de estas lides neuronales, dicen que en todos los ámbitos de la actividad humana el mayor obstáculo al aprendizaje es el mismo: la creencia de que ya sabemos algo.
Pensar es una de esas habilidades que, según la tradición occidental, son “innatas” a los humanos. Desde los griegos nos hemos definido a nosotros mismos como el “animal racional”, el “animal que piensa”. Así que la sugerencia de que no sabemos pensar nos suena tan ridícula como la idea de no sabemos respirar.
Pensar, decimos erróneamente los adultos, es natural, instintivo, algo que mamamos o aprendimos en la primaria. Se nos da en automático. Es un don…
Falso: el hombre no es un animal racional, es el animal que puede aprender a ser razonable si se aplica a ello.
Pero esta verdad no nos la dicen ni en la educación básica ni en la superior. De ahí que estudiemos para saber más o especializarnos, sin nunca caer en la cuenta que no sabemos pensar. Es más, en nuestra moderna hybris (soberbia) nunca se nos ocurre pensar que el punto de partida de cualquier aprendizaje es tener la humildad suficiente para admitir nuestra ignorancia.
¿QUÉ, QUÉ? ¿Admitir nuestra ignorancia, cuando todos los manuales de éxito y gurús motivacionales nos conminan a bluffear que sabemos, a deslumbrar al prójimo con nuestros dos wiki-conocimientos y probarle a nuestras decenas de amigos feisbukianos que no somos “mensos”?
Tristemente, la única manera de aprender algo es admitir que no sabemos (no por nada estamos como estamos con tanta gente que cree saber). Yes que cuando admitimos que no sabemos empezamos a buscar ayuda, nos inscribimos en un curso, hacemos investigación. Contrario a esa caricatura que se ha hecho de él en el establishment académico, el sabio no es el arrogante erudito que pontifica sobre todo lo visible y lo invisible. No, el sabio es el que -una y otra vez- admite que no sabe. Por eso investiga día y noche.
No por nada, el hombre más sabio que Occidente ha producido tenía la costumbre de decir “yo solo sé que no sé nada”. Nomás que, a diferencia de nosotros, Sócrates no se contentaba con no saber: en el Fedón o de la Inmortalidad del alma” Sócrates confiesa “me he extenuado buscando la verdad”. Y eso es precisamente pensar: extenuarse buscando la verdad (con modestas minúsculas) en vez de creer que nos la vamos a encontrar en la calle como si fueran diez pesos o que nos la van a dejar caer en la mano cual limosna esos gurús que pretenden tener La Verdad (curas, periodistas, eruditos y etc).
A esta parte comodona de nuestra mente que quiere que le den la verdad peladita y en la boca Nietzsche la llamaba “el enano” y cuando las quejas del enano sobre la dificultad de alcanzar la verdad se hacían demasiado sonoras, Nietzsche lo regañaba: “Enano, la verdad es una montaña y si pretendes disfrutar la vista desde allá arriba, tendrás que subir con tus propias piernas”.
De hecho, el enano que todos llevamos dentro es muy persuasivo. Nos dice que ya sabemos, que no necesitamos dedicarle tiempo y atención a aprender a pensar, que nada gana uno con eso, que al cabo que ni quería… Pero si hemos de creerle a Edward de Bono, el enano es la causa de que 99.8% de los seres humanos jamás aprendan a usar ni una milésima parte del potencial de su cerebro.
Y también la causa de que nuestra simiesca neurona vea la vida a través de los sólidos barrotes de los chismes, los pendientes y el qué dirán. Sin pensamiento no puede haber vida interior y, dado que la naturaleza aborrece los vacíos, nuestro espacio existencial se llena de tarugadas. Y esto es precisamente lo que quiere el enano porque las tarugadas no lo obligan a crecer. Antes bien, le hacen un mundo a su imagen y semejanza: pequeño, mezquino, egoísta y engreído.
Irrelevante.
“De tantopensar en cosas pequeñas -decía el dramaturgo Eugene O’Neill- nos hicimos pequeños a nosotros mismos.”
Es hora de obligar al enano que llevamos dentro a ponerse a la altura de lo que somos y podemos. Es hora de aprender a pensar. Y el PPP es negarle al enano la seguridad de que ya lo sabe hacer. Es cuestionar su autosuficiencia.
En el Budismo Zen se cuenta la historia de un joven que a la hora del té llegaba a la casa de su maestro con su taza ya llena. Un día, el maestro le sirvió del té que tenía preparado pero, como la taza del discípulo estaba llena, el nuevo té se derramó por el piso y el discípulo no pudo probarlo. Entonces el joven comprendió que de no vaciar primero su mente de sus prejuicios e ideas preconcebidas, en nada le aprovecharía la sabiduría de su maestro.
Pensar es igual: como no vaciemos nuestra mente de lo que hasta hoy hemos creído es es pensar, no podremos aprenderlo. “Pensar -escribe Heidegger- no nos es dado; es una potencialidad de nuestra naturaleza humana… Para pensar, primero tenemos que admitir que no sabemos hacerlo.” (What Is Called Thinking?)
Así que este es nuestro PPP: vaciar la mente de nuestras ideas preconcebidas y desafiar a nuestro enano interior admitiendo que no sabemos pensar… pero que nos gustaría saber hacerlo.
Así de sencillo es el primer paso. Y, tal como decía Aristóteles, hasta el camino más largo, difícil y ambicioso empieza con un modesto primer paso.




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