Tal parece que el Enano está dispuesto a sabotear nuestros intentos de ponernos a pensar: tras programar dos escritos (que nomás no aparecieron) vuelvo al ruedo con una disculpa para el lector (de los dos que tengo) que me extrañaron…
Hace un par de semanas escribí que el PPP (Punto de Partida del Pensamiento) era querer aprender a pensar. Así que nuestro GPS mental ya sabe de dónde partir. Ahora, hay que programarle cuál será nuestro destino, pues el método (del griego methodes, camino) de pensamiento dependerá de lo qué queramos hacer con nuestros 330 cm3 de materia gris. Básicamente, tenemos tres opciones: el pensamiento crítico, el pensamiento creativo y el pensamiento ontológico (también llamado sabiduría).
El Pensamiento Crítico es el más fácil. La “crítica” nos sale casi espontánea (nomás abran uno de esos suplementos sociales -Club, Gente Bien, Hola!- y verán que más tardan en posar sus ojazos sobre una foto que ya estar criticando el pelo, el vestido, los zapatos, lotería!) Amén de que tijerear gente tiene su encanto, la inteligencia crítica es muy útil: nos sirve para no ser manipulados (y miren que en esta época hay pocas habilidades más necesarias). Si un político dice que él va a solucionar el problema del narco si votamos por él, la inteligencia crítica quiere saber cómo. Y una vez revelado el plan, el pensamiento crítico busca discrepancias, sueños guajiros, mentiras, supuestos alegres y, hasta protuberancias mamarias a los reptiles.
Desgraciadamente, tal como el nombre lo indica el pensamiento crítico es bastante limitado. “Crítica”, después de todo viene del griego Krineos y significa delimitar. O sea que el pensamiento crítico se limita a ver las limitaciones del plan ajeno. Y esta, en parte, es nuestra desgracia nacional pues los mexicanos nomás estamos esperando que alguien proponga algo para lanzarnos a ver los prietitos del arroz del plan. (Utz, eso no va a funcionar! Ah, que ocurrencia si fuera así de fácil…)
A su vez, ante la crítica feroz, el proponente se defiende con uñas y dientes y el pensamiento acaba en polémica. Peor aún, si el proponente no tiene una concha como la de Jorge Vergara, mejor se va a su casa a lamerse las heridas. El coro de los críticos queda muy contento de haber “ganado” (o sea, de haber hecho fracasar la propuesta). Pero, al final no se hace nada porque el crítico no propone nada: ni solución, ni plan B, ni nada (obviamente que no: tiene pavor de que lo traten como él trata a los que se atreven a proponer). Desgraciadamente, demasiado pensamiento crítico conduce al cinismo: nada se puede, nada vale la pena explorar, mejor no hacemos nada.
Nuestros medios (y miren que hablo con más de 10 años de experiencia de primera mano) están llenos de pensamiento crítico porque es fácil, porque paga y porque entre nos el crítico goza de un enorme prestigio sin correr el más mínimo riesgo (a los que les interese el tema les recomiendo ver la fantástica cinta

animada “Ratatouille” desde la perspectiva de Anton Ego, el engreído periodista al que todos temen porque destaza ideas desde su escritorio sin jamás arriesgarse a proponer nada. Y véanlo bien:
Hasta se parece físicamente a muchas de nuestras “vacas sagradas”).
El Pensamiento Creativo: Este es bastante más difícil. Es el encargado de proponer o, lo que es lo mismo, imaginar ideas nuevas y correr el riesgo de ponerlas a circular. Es menos sabroso, menos alabado y menos practicado porque -diría Maquiavelo- a los humanos nos gusta sumarnos a las causas triunfantes, no a las que tienen altas posibilidades de fracasar. Y el pensamiento creativo -dice el gurú del marketing viral Seth Godin- fracasa mucho y frecuentemente. Ese es su secreto. No tiene miedo de generar ideas aún cuando el 99.9% estén destinadas al fracaso. Lo suyo es ver posibilidades e intentar realizarlas digan lo que digan y pésele a quien le pese.
Pero, diría Anton Ego, el pensamiento creativo también tiene sus limitantes y, cuando no las respeta, acaba haciendo las cosas porque puede (pos nomás) sin darse cuenta de que algunas de sus creaciones parecen esas medicinas que son más los efectos secundarios indeseados que generan, que el alivio que proporcionan. Y es aquí donde entra el tercer tipo de pensamiento, la sabiduría o pensamiento ontológico.
Su nombre “oficial” -pensamiento ontológico- genera respeto. Su nombre coloquial -sabiduría- se nos antoja algo lejano, propio de Mr. Miyagi (Karate Kid) o algún otro anciano oriental hollywoodense. Y sin embargo, es el tipo de pensamiento más alto y más necesario porque nos enseña a relacionarnos con las cosas, con los seres vivos no humanos, con el medio ambiente, con nuestros congéneres y con la etnosfera (los valores espirituales y culturales de los distintos pueblos). Sin pensamiento ontológico -es la tesis que quiero explorar en estos escritos- no somos más que individuos, en su sentido peyorativo de “seres aislados y narcisistas” y/o seres humanos que “saben el precio de todo y el valor de nada” (como quien dice, adolescentes existenciales).
Así que cada quien decida a dónde quiere llegar con sus 330 cm3 de materia gris y obre en consecuencia. Los que se decidan por el Pensamiento Creativo y/o el Ontológico, no le cambien pues esos son los dos caminos que vamos a explorar en este canal.




Replica a Claudia Cancelar respuesta