Un espíritu recorre Guadalajara, el espíritu deportivo. Ja! Seguro Marx se hubiera infartado de ver sus palabras plagiadas para tan “superfluo” fin como comentar sobre los Juegos Panamericanos Guadalajara 2011, pero como Charlie Marx está más obsoleto que su elástico hermano (Plasti Marx), vamos a hacer caso omiso de sus berrinches. Guadalajara vive hoy una fiesta deportiva continental y, como tantas otras cosas esenciales, el espíritu deportivo les ha pasado de noche a nuestros medios (clavados, como siempre, en la crítica destructiva).
Pero el espíritu deportivo (y no la promoción personal de Emilio) es el quid de todo este asunto, así que hoy vamos a aprovechar para recordar la importancia de los juegos para la vida civilizada (si, ya sé que dos de mis tres lectores están pensando que el tema carece de trascendencia. Como dijera mi llorado Steve Jobs: Dare to Think Different).
Según cuentan Homero y Hesíodo, hace ya un montón de siglos, el padre Zeus estaba uptodimóder de la cantidad de escándalos que a diario protagonizaban sus colegas olímpicos (nomás pa’ que se orienten, los dioses de aquella época eran peorcitos que políticos mexicanos en campaña). Día con día, los dioses y las diosas interferían en los asuntos humanos “echándole una manita” a sus favoritos y poniéndoles zancadillas a los rivales para que perdieran el cotejo bélico, deportivo o político de turno.
Enfermo de tanta grilla, Zeus tuvo la idea de crear el Agón: un campo de juego donde cada uno de los participantes pudiera mostrar su valía sin ayuda o interferencia divina. Para ello, creó la Thémis –las inviolables reglas del juego- y las hizo custodiar por las terribles Erineas o Furias vengadoras (que eran algo así como tu suegra en un mal día).
Gracias a la existencia de estas reglas de juego estables y árbitros independientes entre los griegos se acabó la mentalidad mexica, esa que todavía cree que de último momento y sin esfuerzo de su parte, los dioses (o el Bio Shaker) aparecerían en escena para sacarlos del hoyo o ponerlos en forma. En adelante, quien quisiera destacar en la vida debía ceñirse a las mismas normas que los demás contendientes y rascarse con sus propias uñitas.
Una vez decretada la isonomía (igualdad ante la ley) en el Agón, los antagonistas o protagonistas (yep, la palabrita agon está ahí en medio. Por algo será…) pudieron –al fin- luchar por su objetivo sin agresión, violencia o guerra. En el Agón nació el deporte, una lucha sublime donde cada contendiente puede desarrollar y desplegar su excelencia (Areté) y hacerse merecedor a la gloria de un triunfo honorable (Kudos). No por nada George Orwell decía que los deportes son una “guerra sin balas”.
Pero los griegos fueron más allá de la pasión deportiva: este modelo agonístico de leyes inviolables, castigos seguros, igualdad ante la ley, esfuerzo personal y recompensas acorde al mérito, lo aplicaron a su vida política. Gracias a Solón, Cleistenes, Efialtes y Pericles, el Agón se convirtió en el Ágora –el centro cívico de la polis- donde bajo las leyes democráticas, los ciudadanos podían discutir y dirimir civilizadamente sus desacuerdos, y/o elegir a los ciudadanos con mayores méritos para ejercer el gobierno.
Y si bien el sistema democrático nunca fue perfecto, los griegos siempre supieron que respetar las reglas del Agón y el fallo de los árbitros era la única manera de resolver pacífica e inteligentemente sus inevitables desacuerdos. Por eso, previo al 2012 y su (bleugh!) elección presidencial(parálisis -digo, alianza- PAN/PRD o PRI según dice Ebrard) lo mejor que podemos hacer los mexicanos es atiborrarnos de paciencia y/o espíritu deportivo. ¡Que empiecen los Juegos!




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