Dicen mis fuentes que entre mi post de la semana pasada y este hubo un extraño incremento en las citas con el oculista pidiendo trasplante de córnea para tener nuevos ojos. Pero no, reemplazar la mirada de Midas no es algo que se pueda lograr con una visita al oftalmólogo o comprando esos pupilentes azules Bausch & Lomb que a últimas fechas han dado a la raza azteca un audaz “look” nórdico.
No. A ver de otro modo se aprende porque, como bien dice el Talmud, “nunca vemos el mundo como es, lo vemos como somos”. Es decir, nuestras percepciones dependen del estado de nuestro espíritu (mente, alma o como lo quieran llamar) y, por lo tanto, ver de otro modo supone un cambio radical de conciencia (Ja, ja, ¿Creyeron que el Tao de Occidente iba a ser más fácil que el de Oriente? Ilusos!)
Aprender a ver de otro modo supone -dijimos aquí– aprender a dejar ser. O, lo que es lo mismo, tener serenidad, paciencia y ocio.
Y eso no es fácil. Tener ocio implica ser capaces de sentarnos con nosotros mismos sin agenda, sin TV, sin libro, planes, proyectos o cualquier otra preocupación (curioso, dice el Dr. Heidegger, que el nombre que hemos escogido dar a nuestras ansiedades sea preocupación: estar PRE-ocupado es haberse llenado a tal grado de pasado y futuro que ya no tenemos cupo mental para el presente). Andamos en otra frecuencia y difícilmente nuestro cuerpo y nuestra mente coinciden en el mismo cuarto (el cuerpo se baña, la mente divaga por la lista de pendientes). Y luego nos preguntamos a dónde se nos fue el día, el mes, el año, la vida…
Ser capaces de ocio entonces es cesar toda preocupación y todo negocio (¡por eso se nos dificulta tanto!).
De hecho, si estar pre-ocupados es estar ocupados a priori, andar en el neg-ocio es negarnos el ocio.”Business” dicen los gringos, palabra que hace referencia a busy-ness, estar ocupado y su contrario es “leisure”, estar a gusto, estar holgado, vacío, sin pendientes, prejuicios, prisas, preocupaciones o actividades (újule, ya valió!).
“El ocio -escribe Joseph Pieper- no es la actividad del que interviene, sino del que se relaja; no del que se aferra sino del que deja pasar; es esa actitud abandonada que nos permite tener el alma abierta para percibir al Mundo”.
El ocio entendido como serenidad, paciencia y holganza es indispensable para aprender a ver el mundo de otro modo. Aprender a ver -dice Josep Esquirol- ya no con la mirada empobrecida del Rey Midas sino con asombro y reverencia.
Lo bueno es que aprender a estar ociosos es relativamente sencillo. “¿Cómo -pregunta Aristóteles- se hace el guitarrista? Practicando la guitarra. ¿Y cómo se hace el flautista? Practicando la flauta.” ¿Cómo nos hacemos ociosos? Igual: practicando el ocio. Cesando todo negocio y sentándonos con nosotros mismos sin pre-ocuparnos con tantas cosas de ayer y de mañana que no nos permitan estar atentos al momento presente (y si, como mis perspicaces lectores habrán notado, en nada se diferencia esta actividad de la meditación: estar atentos, estar sin hacer nada).
Suena difícil y a la vez demasiado simple para remediar nuestros males existenciales pero como veremos en nuestra próxima dosis homeopática de jarabito heideggariano, en vista del desastre ecológico y humano que hemos hecho en esta tierra, aprender a tener ocio es mucho más importante y mucho más efectivo que instituir normas morales, sermonear a la humanidad o insistir en la tan sobada y traída “educación en valores”.
No por nada ese gran ocioso que fue Aristóteles alguna vez escribió: “el ocio es virtud o algo que no se da sin virtud y es aquello alrededor de lo cual gira la calidad de nuestra existencia” . Así que ahí los quiero ver esta semana: ociosos y serenitos escuchando lo que el rockero Sting llamó recientemente la “mejor música del mundo”: el silencio.
Para leer: Josef Pieper: “El ocio y la vida intelectual” y Josep Esquirol: “El Respeto o la mirada atenta: una ética para la era de la ciencia y la tecnología”.



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