Hace un par de semanas escribí sobre los tres beneficios de aprender a pensar ontológicamente que Heidegger describe como “encontrarse a uno mismo” (Befindlichkeit), convertirse en un espacio hospitalario para el Ser (Da-Sein) y aprender a habitar la Tierra con otros (Mitsein).
Espero que en este laaaargo tiempo hayan chance de digerir todo lo que les puse aquí, porque si no, de plano mejor inviertan su valioso tiempo en ver las campañas de Josefina, AMLO y Peña Nieto… al menos de ahí sacarán el magro provecho de saber por quién NO quieren votar (digo, porque eso de querer votar por alguno de tan raquíticos jumentos políticos nomás se lo creo a los que esperan hueso).
Y es que, no sé si ya se dieron cuenta pero nuestro tiempo en esta Tierra es limitado (a los que no se hayan percatado les sugiero dejar de leer esto y parar oreja: ¿lo oyen? Ese molesto tic tac, tic tac, tic tac es su reloj biológico que un día se va a detener definitivamente). Lo que pasa, según nuestro filósofo de Messkirch es que los humanos somos “seres-para-la-muerte” o, lo que es lo mismo: seres con infinitas posibilidades y un tiempo bastante limitado para realizarlas todas.
De ahí que cada segundo que pasa, la existencia nos exija adoptar una de las dos únicas actitudes posibles: Verfallen o Befindlichkeit. O, lo que es lo mismo: vivir de acuerdo a lo que los demás esperan de nosotros (Verfallen) o hacernos cargo de nuestras infinitas posibilidades e intentar realizar las más valiosas para beneficio propio y ajeno (Befindlichkeit).
Quien elige el Verfallen, dice Heidegger, se acostumbra a vivir -moral, intelectual y espiritualmente- en la zona de confort aceptada por su sociedad. Su gran preocupación es ser aceptado y por ello se esmera en construir una “vida normal” basada en las normas colectivas y la expectativas de la moda, el prejuicio y el rito.
Vive como viven los demás -no por gusto o decisión- sino por pura inercia social. (Quien vive en el Verfallen de plano no se ha desayunado con aquello que el Gran Voltaire sabía tan bien: “Sólo vivimos dos días. No vale la pena gastarlos arrastrándonos ante tanto bribón miserable”.)
Afortunadamente, dice Heidegger, los seres humanos tenemos un gran aliado capaz de sacarnos del marasmo del Verfallen: la voz de la conciencia cuya función más propia -incluso única- es empecinarse en hacernos realizar lo que somos.
Es a través de lo que Heidegger describe como “el silencioso insistir en llegar a ser” que la conciencia nos recuerda que si bien somos “seres-para-la-muerte” también somos proyecto (Entwurf). Por eso la conciencia nos conmina a vivir una vida propia y no una prestada y nos insta a dirigir nuestra existencia según nuestro propio entendimiento y no según creencias ajenas.
El problema, dice Heidegger, es que la voz de la conciencia se experimenta inicialmente como insatisfacción, tedio existencial y angustia, tres estados emocionales que el hombre moderno se niega a enfrentar y para los que ha creado todo tipo de paliativos: deportes, entretenimientos, modas, TV, terapias, drogas, etc, etc, etc…
Y es que quien cae en la cuenta de lo poco que ha hecho con sus infinitas posibilidades naturalmente se angustia, se deprime, se desespera. Y ante estos sentimientos “negativos” nuestro instinto es protegernos, acudir a alguna terapia o diversión que nos “cure” y nos haga sentir de nuevo “sanos y felices”.
Pero nada de esto realmente “nos cura”: sólo pospone el problema (como dice el psicólogo jungiano James Hillman en su libro del mismo título: “Llevamos 100 años de Psicoterapia y el Mundo va de Mal en Peor”).
Y aunque es cierto que cada quien tiene derecho de hacer de su vida un proverbial papalote, no deja de ser una tragedia que haya sobre la faz de la Tierra tanta gente tan “entretenida” y simultáneamente tan resentida, frustrada e insatisfecha con su existencia. Gente que, a la menor provocación, externa su frustración existencial en la forma de agresión, daño, violencia o destrucción gratuita.
No por nada dice Heidegger que quien no se ha dado el tiempo de encontrarse a sí mismo no es capaz de respetar al mundo o vivir con los demás. O, en las inspiradísimas palabras del otro Martin (Buber): solo quien encuentra su verdadero yo descubre, en la misma medida, la sacralidad del tú.
¿Tú a cuál le vas: Verfallen o Befindlichkeit?
Tengan mis dos lectores y medio unas felices (pero existencialmente angustiantes) vacaciones!!




Replica a Moisés Sánchez Cancelar respuesta