
Vamos a mitad de Enero y yo sigo en campaña para que mis dos lectores se propongan retos imposibles para lograr un año psicodélico. Bien sé que eso de hacer propósitos tiene mala prensa, pero poco hay en estos días que tenga buena prensa (lo que nos dice más de la prensa que de la realidad).
Lo cierto es que aunque muchos nos tachen de ingenuos, la psicología moderna demuestra que las únicas personas que se pueden exentar de hacer propósitos son las que se creen perfectas o creen que ya desarrollaron todo su potencial. En ambos casos, los equivocados son ellos.
Amén de eso, el caso es que yo prefiero ver el año que se extiende frente a mí como uno de posibilidades inéditas. O, como dijo Séneca: “No hay deshonor en no alcanzar una estrella, sino en dejar de poner los medios.”
Y hablando de alcanzar estrellas: pienso que de los muchos instrumentos que ha inventado el hombre, pocos han cambiado su perspectiva tanto como el telescopio y el microscopio. Uno nos permite ver lejos, más allá de lo que el ojo pelón puede ver. El otro nos permite acercarnos a fenómenos insospechados que tenemos, literalmente, debajo de la nariz.
Nuestra condición humana transcurre en el espacio intermedio donde no hay bacterias gigantes ni estrellas al alcance de la mano. Y es una lástima, porque aún con visión 20/20, sin microscopio o telescopio los peligros más cotidianos nos son invisibles mientras que los sueños más hermosos se nos antojan demasiado lejanos.
De ambas visiones, dice Guy Kawasaki en “The Art of Start”, los humanos hemos perdido sobre todo la telescópica: no nos animamos ya
a ver más allá de la rutina de lo posible.
La visión microscópica, en cambio, la tenemos bastante bien desarrollada. Basta asomarse a la prensa o escuchar nuestra conversación interna para comprobar que somos muy buenos para magnificar los problemas, encontrar los peros, buscarle a las culebras montículos que solo las mamíferas tienen.
Entre nosotros, el telescopio siempre ha sido un instrumento maldito. Es la capacidad de ver lejos lo que llevó a Copérnico a dudar de las verdades terrestres y condujo a Galileo ante la Inquisición.
Hoy aún no le tenemos confianza a lo que vemos a lo lejos: apenas sacar el telescopio de los sueños, de los propósitos, de la fantasía, aparece a nuestro alrededor una decena de inquisidores que quieren saber como le vamos a hacer para alcanzar nuestra estrella.
Basta que nuestra vista se aleje un poco del horizonte de lo posible para que una parvada de aves de mal agüero venga a obstruirnos la vista. Apenas decir que queremos salir de la zona de confort para que nuestro enano interior nos recuerde que los propósitos no sirven y que somos incapaces de crecimiento.
Y sin embargo, como dijo Galileo, se mueve. Ese sueño, esa visión, esa fantasía que apenas adivinamos con nuestro telescopio interior es real.
De la misma manera que los antiguos griegos adivinaban en las estrellas a Cassiopea, Orión y Pegaso, cada uno de nosotros -cuando nos permitimos ver lejos-, adivinamos los trazos de un sueño único. Y si lo vemos es porque está en nuestro destino intentar alcanzarlo, aunque los inquisidores, las aves de mal agüero y los enanos de visiones microscópicas digan lo contrario.
A fin de cuentas, la Humanidad le debe todo su progreso a ese puñado de hombres y mujeres que han sabido hacer oídos sordos al coro de voces negativas que -como los Inquisidores de antaño- ven en el telescopio un peligro que les hará cuestionarse sus dogmas y salir de su zona de confort (¿Qué creen que le dijeron las aves de mal agüero a Abraham cuando les habló de la Tierra Prometida que manaba leche y miel? “Eso no existe m’ijito, mejor quédate aquí a ordeñar las cabras y búscate un panal de abejas pá endulzarte la vida”).
Ya lo dijeron Molder y Scully: hay un mundo desconocido allá afuera; hay galaxias interiores y vías lácteas llenas de posibilidades
nuevas. ¿Que al hacer un propósito corremos el riesgo de no encontrar, de no lograr, de fracasar? ¡Por supuesto! Por algo la vida se
llama aventura…
Pero -como bien atestigua el microscopio- el riesgo de quedarse en casa no es menor: los peligros que no vemos están por todos lados y, qué desperdicio existencial sería que, por cuidarnos del fracaso, no intentemos nada nuevo y la inevitable muerte nos alcance en la cama con la una uña del dedo gordo infectada.




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