
Alguna vez el salitroso de Nietzsche dijo que “hay demasiada cerveza en el intelecto alemán”. Claro que el buen “Fritzi” -que era abstemio por enfermedad (pobre!)- se refería a ese consumado bebedor de cerveza que era Georg Wilhelm Friederich Hegel.
Cuando apenas hacía sus pininos filosóficos, Hegel le pidió a su amigo Schelling que le recomendara un pueblito “donde hubiera paz y una buena cerveza” para poder filosofar a gusto (este cuate se las sabía de todas, todas).
Schelling le recomendó Jena -donde Schiller y Goethe tenían casas de verano- y allá fue Hegel a pensar, escribir y chelear. El resultado de tan afortunada combinación fue la obra cumbre del idealismo alemán: “La Fenomenología del Espíritu”.
Adorador de Dionisos, de la filosofía espontánea y del aforismo, Nietzsche aborrecía el idealismo de Hegel por considerarlo un apéndice de la tendencia platónica y cristiana de negar este mundo por otro más perfecto.

Si bien es cierto que el comentario de Nietzsche es venenoso, no es menos cierto que el Solitario de Sils-María tiene cierta razón: la cerveza nos ayuda a ver la vida con mayor optimismo y hasta con ese idealismo que Nietzsche -al fin y al cabo discípulo del pesimista Schopenhauer- tanto aborrecía.
Beethoven, la Revolución y la Chela
Tomemos por ejemplo de optimismo a un contemporáneo de Hegel que también hizo de la cerveza su bebida favorita: Beethoven. De todos es sabido que si algún artista hubo de luchar contra la adversidad por dar a luz a su arte, ese fue, sin lugar a dudas, el Sordo de Bonn.
A diferencia de sus predecesores musicales inmediatos -Jozef Haydn y Wolfgang Amadeus Mozart- Beethoven aborrecía la vida de la corte: detestaba la idea de componer bajo pedido, odiaba tocar en las reuniones de la buena sociedad con sus canapés y vinito blanco y, sobre todo, detestaba la idea de ser “un perro faldero de la nobleza”.
Consciente de su talento, el Sordo de Bonn le dio la espalda a la vida de empleado para convertirse en el primer artista “freelance” de la historia.
Cuando las ideas de la Revolución Francesa llegaron a Alemania, Beethoven las abrazó con gusto. Especialmente aquél maravilloso trío de “Liberté, Egalité, Fraternité” que llevaron a Beethoven a proponer, en 1801, la revolucionaria y cuasi marxista noción de crear de un “mercado de arte donde el compositor pueda llevar sus obras y cobrar sólo lo necesario para cubrir sus necesidades” (Solomon, 178).
Y es aquí donde entra la cerveza en la vida de Beethoven pues, aunque nunca dejará de codearse con la nobleza en sus palacios, Beethoven el socialista, el revolucionario prefiere tomarse sus alipuses con el pueblo, en la taberna donde la cerveza es reina.
Oda a la Cerveza
De hecho, no hay mejor maridaje para Beethoven que una buena cerveza, porque en sus obras -como en las chelas- las hay claras,

ambar, turbias y oscuras (como quien dice, independientemente del humor en que uno ande, siempre se puede encontrar en Beethoven y la chela una combinación perfecta para la ocasión).
Para los días en que uno anda en la lela, sin muchas ganas de esforzarse o ponerse serio, está el Beethoven dulzón y superficial -“allegro ma non troppo“- de sus dos primeras sinfonías (Escuchar Sinfonía 1, Sinfonía 2).
Con sus ecos de Haydn y Mozart, de la frivolidad cortesana y espíritu ligero, este Beethoven combina perfecto con las cervezas más populares del mundo: una Pilsner bien fría -Beck’s, Heineken o Stella Artois- o una lager ligera como la Corona que, además de ser nacional, es -¡ganga, ganga!- baja en gluten!
Luego está el Beethoven ambar, el del autodescubrimiento y los primeros intentos de encontrar voz propia: el del Allegro de la “Patética” o de la Marcha Fúnebre de la “Sinfonía Eroica”.
Este es un Beethoven para esos días que oscila uno entre lo dubitativo y lo asertivo, que lo mismo nos da por hacer grandes planes o consultar el horóscopo. Este Beethoven va bene con una Indio, una Märzen o una Bitburger.
Pero sin duda, mi Beethoven favorito es el turbio y el oscuro, el sordo que no pasó -como las cervezas de trigo- la ley de la pureza (“Rheinheitsgebot”) de su época y al que se criticó por abandonar los cánones de la música bella para apostar por la música heroica y trágica.
Este es el Beethoven que mientras componía -y contra Nietzsche- dejaba este mundo para hablar con su dios (y que nos invita a hacer lo mismo al escucharlo).
El Beethoven meditativo de “La Tempestad“, de la Séptima Sinfonía y de la Sonata “Claro de Luna” que se acompaña de una Erdinger Hefeweizen o una Negra Modelo bien fría.

Turbia, frívola y oscura, la música de Beethoven tiene la capacidad -como la Oda a la Alegría de su Novena Sinfonía- de elevarnos hasta rozar los cielos para luego, como el mítico Ícaro que quiso volar demasiado alto, sumirnos en la profundidad de nuestro océano personal.
Por eso es perfecta para Octubre, como la cerveza. Pues, como dijo quien alguna vez fuera el héroe de Beethoven y de Hegel, Napoleón: “En la victoria te mereces una cerveza; en la derrota, la necesitas”. Gracias a Dios (y a Nietzsche) que hay demasiada cerveza en el intelecto alemán… la vida no sería lo mismo sin ella.




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