Dicen…

Allá en mis años mozos (utz, ya llovió!!), el gran Julio José Iglesias de la Cueva (aka el borrego de Madrid) solía cantar una canción cuya letra no recuerdo bien pero el estribillo iba así… “dicen tantas cosas, ya no saben qué decir”.

Este cachito de canción (que no de Lotería Presidencial) me vino a la mente el otro día al escuchar las conversaciones sobre el mono-tema del momento, el Coronavirus:

“Dicen que es un complot chino para acabar con el mundo”, “Dicen que fue Trump para dislocar la economía china”, “Dicen que es un plan de Putin para acabar con sus dos rivales…”, “Dicen que fue Calderón para empañar la imagen de AMLO” (ja, ja, no se crean, esta todavía no la oigo, pero no tarda).

Todo indica que junto a la del Covid-19 hay una pandemia de mentiras, rumores y conspiraciones guajiras, todas precedidas por un “dicen”.

“Dicen…” y echan a volar la imaginación con unos complots tan sofisticados que ya quisiera nuestro Presidente en un día de matutina inspiración.

Yo, que en la médula tengo clavada la duda socrática, oigo un “dicen” y todos mis sistemas de detección de babosadas se ponen en alerta roja: ¿Quién dice? ¿Qué autoridad tiene para decir? El que dice, ¿firma lo que dice, o nada más lo leyó en el Facebook, se lo reenviaron por WhatsApp o lo vio en el Twitter?

Si la fuente son los medios sociales (chismosos por diseño y naturaleza), el que reenvía dicha información ¿tuvo la honradez intelectual de verificar el origen de la noticia, buscó confirmarla con medios más serios, o simplemente le “pareció interesante” y la re-posteó para parecer muy (des)informado?

En el caso de los medios sociales -donde las babosadas se difunden a velocidad de la luz-, lo mejor es aplicar la Ley de Salinas: sin fuente, ni verlos, ni oirlos. Porque sin la fuente original nadie sabe qué objetivos persigue el autor, ni queda claro si su información es fidedigna; ni siquiera sabemos si es real!

Lo que hasta aquí puede sonar como la confesión de una mente neuro-gruñona, no lo es. De cualquier información, la fuente es LO MAS CRUCIAL. Sin la fuente nadie se hace responsable de lo dicho: ESA es la gran diferencia entre una empresa informativa y las redes sociales.

La empresa informativa -con las excepciones flagrantes de las televisoras y agencias noticiosas de Estado- tiene filtros y normas. Sus reporteros verifican la credibilidad de la fuente, se aseguran que los datos sean apegados a la realidad, que ninguna acusación o señalamiento sea anónimo.

Todos los involucrados en la empresa informativa saben que de haber un error deliberado, sus esfuerzos dejan de ser fidedignos (dignos de fe) y pierden lo más preciado para un periodista: la credibilidad.

Por eso, cuando una empresa o persona fidedigna afirma algo, lo firma. O, lo que es lo mismo, atrás de la información hay un AUTOR es decir una persona o una empresa que se hace responsable de lo publicado (y se expone a mentadas, abusos verbales y hasta amenazas por ello).

En la labor periodística hay, ni duda cabe, errores humanos y opiniones distintas a la nuestra, pero -siguiendo la vieja ley de Karl Popper-, los datos duros son siempre verificables.

En los medios sociales esas garantías no existen: una persona o un “bot” publica y los demás re-envían, re-postean, forwardean y todas esas acciones con nombres pochos que, en esencia, equivalen a propagar irresponsablemente mentiras, rumores y chismes.

En cada forward sin filtro, los ciudadanos colaboramos con quienes medran con aumentar el miedo, buscan esconder la verdad o culpar a otros para sus fines. No es chiste. Voltaire lo dijo con total claridad:

“Mientras una sociedad siga creyendo idioteces, no dejará de cometer atrocidades”

Voltaire

En los tiempos de epidemias, repetir mentiras y rumores es tremendamente peligroso: recordemos que en la Europa cristiana del siglo 14 alguien dijo que los judíos habían desatado la Peste Negra y lo que siguió fue uno de tantos preludios al Holocausto.

Las comunidades judías de Colonia y Mainz fueron borradas del mapa; en Estrasburgo más de 2 mil judíos fueron masacrados el Día de San Valentín 1349 y, a lo largo y ancho de Europa, miles más sufrieron persecución, discriminación, violaciones y saqueo de sus bienes.

Todo por un irresponsable e infundado “dicen…“ al que Clemente VI tuvo que poner fin con dos bulas papales exculpando a los judíos de la epidemia.

Hoy corren tiempos similares a aquellos: desde la Casa Blanca hasta el estanco de la esquina hay nacionalistas y xenófobos sin riendas ni bozal que se benefician de culpar a otros por lo que son efectos naturales de la sobrepoblación, el cambio climático y la movilidad mundial.

No contagiemos a los demás con mentiras y medias verdades, no propaguemos chismes y rumores. Por nuestro bien, y el de los demás, exijamos a quienes afirman, que lo firmen ; y solicitemos a quienes difunden, que verifiquen.

Y, como precaución extra, con Sócrates y Descartes dudemos metódicamente de toda información que empiece con un anónimo, impersonal e irresponsable “dicen…”

Al fin de cuentas, “dicen” que la Filosofía no sirve de nada…

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