A
los dos atentos radioescuchas que han seguido esta serie de meditaciones venusinas (de Venus que da origen al nombre del Viernes) ya les debe quedar algo claro a estas alturas (¡espero!) que lo que he llamado el Tao de la Mente Occidental es ni, más ni menos, que la capacidad y tendencia humana de dirigir nuestro flujo mental a donde nos de la gana en vez de dejar que sea el Mono Enjaulado quien decida nuestro contenido neuronal.
Eso mismo, dirá algún lector atento, es lo que hacen los Orientales cuando meditan.
Y es correcto: los budistas, los zen, los hindúes y taoístas aprenden a dirigir la corriente de su conciencia acallando las distracciones, siguiendo el monótono flujo de su respiración y/o practicando la concentración unipuntual.
Pero, como bien han visto Heidegger, José Antonio Marina, Carl Gustav Jung, Winifred Gallagher, Mihaly Csikszentmihalyi y un sinfín de estudiosos de la mente, pese a su enorme popularidad en nuestros días, el oriental no es el único método que nos permite escapar del Mono Enjaulado y aprender a vivir una vida plena, mentalmente satisfactoria y espiritualmente profunda.
Es más, me atrevo a decir con Heidegger que el Oriental no es el camino natural para la mente Occidental. Su lenguaje no es el nuestro. Por eso Heidegger dice “el pensamiento se modifica sólo por contacto con el pensamiento que tiene su mismo origen y destino. ¡Nada de budismo! Lo contrario: para cambiar nuestra forma de pensar es necesario apoyarnos en nuestra tradición europea y reapropiárnosla . Solo así podremos -ya no imitar al Oriente- sino dialogar fecundamente con él”.
De ahí que en lugar de sentarnos a regurgitar Oms aquí hemos hablado del pensamiento crítico y el creativo. Y por eso, en vez de la atención unipuntual hemos destacado la atención exploradora, la que se niega a quedarse en un mismo punto, sino que prefiere ir y venir, considerar, dar vueltas, crear. Esa atención que llevó a Isaac Newton a descubrir la Ley de la Gravedad o a Einstein la Teoría de la Relatividad.
Y aunque nosotros no aspiremos a tanto (al menos yo no), no está de más advertir que -al margen de los resultados objetivos- ese tipo de atención o meditación creativa de la que hemos hablado es una de las mayores fuentes de satisfacción personal: “¿Quien -decía Ortega y Gasset- que se halle totalmente absorto en una actividad se siente infeliz? La infelicidad solo aparece cuando una parte de nuestro espíritu está desocupada, cesante. La melancolía, la tristeza, el descontento son inconcebibles cuando nuestro ser íntegro está operando.”
Dicho de otra manera: si estamos concentrados en algo, pendientes de ello con “nuestros cinco sentidos” no nos sobra ninguno para escuchar las quejas del yo, mi, me.
Esa es la razón por la cual los orientales escuchan su respiración -para acallar al ego- y eso mismo lo logra cualquier proyecto que nos embeba. Como dice Winifred Gallagher: el éxito de la meditación oriental para producir bienestar no procede de las creencias en que se apoya, la posición del cuerpo, la respiración profunda o el incienso. Su éxito deriva de que, en esencia, meditar es cultivar un estado psicológico de concentración dirigida y deliberada que nos hace olvidarnos de nosotros mismos.
Y eso lo logra cualquier actividad -deportiva, artística, laboral, social, intelectual- que nos interese profundamente.
El laboratorio científico no miente: uno de los principales investigadores de la Psicología Positiva moderna, Mihaly Csikszentmihalyi, ha corroborado decenas de veces que cuando lo estamos absortos en alguna actividad, el cerebro recibe una descarga de serotonina que nos produce ese placer sustentable que, si lo practicamos consuetudinariamente, se convierte en felicidad y satisfacción existencial.
Pero como diría Raúl Velasco, aún hay más en este Tao de la Mente Occidental y por eso, la semana que entra iniciaremos el tour por la más espiritual de las posibilidades que ofrece nuestra tradición filosófica: el pensamiento ontológico o sabiduría.




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