Durante casi todo el siglo 20 el filósofo alemán Friedrich Nietzsche fue persona non grata en la cultura Occidental. Sin embargo, desde 1947 que Walter Kaufmann desmitificó la imagen que hacía de Nietzsche un proto-Nazi, loco y embebido con el poder, el prestigio del Solitario de Sils-María (a mi nomás por el apodo ya me cae bien) como guía existencial ha ido regresando poco a poco.
Y su mensaje no deja de ser útil para los bípedos implumes (Platón dixit) que habitamos la Tierra a principios de este siglo 21.
De los muchos aforismos que Nietzsche dejó escritos, uno de mis favoritos es el que dice: “¡Aprende a morir a tiempo!”
¿Whaaaat?
¿Acaso Nietzsche está loco o nos está invitando al suicidio como sostienen muchos de sus críticos (de esos que jamás se han tomado la molestia de leerlo y mucho menos entenderlo)?
Bueno, aunque pasó los últimos 10 años de su vida en estado vegetativo, el Solitario de Sils-María estaba más que lúcido cuando escribió esto. Lo que no hay que olvidar es que Nietzsche -no menos que Sócrates- era un ironista, un maestro de la metáfora pedagógica.
Así que -antes de que alguien comience la ardua labor de cortarse las venas con el filo de una hoja de papel Bond- les aclaro al más puro estilo de Rubén Aguilar, ex vocero de Fox que lo que Nietzsche quiso decir cuando dijo “ hay que aprender a morir a tiempo” es que hay que matar todas esas cosas, relaciones, actividades, deseos, emociones que se han convertido en un lastre para nuestras vidas y que ya no nos aportan nada positivo.
Aprender a morir a tiempo significa dejar de identificarnos con esa historia (víctima de nuestros padres, de nuestro entorno, de nuestr@ ex, de la vida) que nuestro enano interior nos ha venido contando y que nos impide crecer.
Aprender a morir a tiempo significa renunciar a ciertas fantasías que sabemos nunca serán realidad pero que seguimos adquiriendo cosas para lograrlo (según Dave Bruno -de quien algún día les contaré más- el 20% de todas nuestras posesiones son “ruinas de algún sueño”: el que soñó ser escritor compra y compra plumas pero no escribe una palabra, el que soñó ser explorador compra y compra equipo -botas, tiendas de campaña, linternas- aunque difícilmente sale a explorar, la que se cree popular compra y compra vestidos de baile aunque ya nadie la invita… how sad!!!)
Aprender a morir a tiempo significa dejar de arrastrar (y arrastrarse) lastimosamente para dar vida a una relación que ha muerto.
Aprender a morir a tiempo significa dejar ir los rencores de pasado y abrazar las posibilidades del futuro.
Y en eso Nietzsche tiene razón: no hay habilidad más necesaria o difícil que esto de aprender a morir a tiempo.
Porque como Freud sabía muy bien, nuestro ego se alimenta de las memorias del ayer: lo que logramos, lo que fuimos, los que dijimos, como nos trataron, qué nos hicieron, qué dijeron sobre nosotros…
Todos estos recuerdos nos dan seguridad y nos aferramos a ellos aun cuando ya expiraron porque al ego le cuesta mucho renunciar a lo que fuimos. Y el resultado es que vamos por la vida cargados de cadáveres psicológicos: rutinas laborales que ya no nos dicen nada, amistades con las que ya no hacemos “click”, creencias obsoletas que ya no nos dan paz mental, sueños petrificados y ruinas de glorias pasadas que nos causan más dolor que placer.
El problema es que vamos tan cargados de cadáveres psicológicos que no nos queda vida y energía para atender a los vivos. Vivir así -en el pasado y rodeado de lo que ya murió- convierte a nuestra vida en un funeral permanente: un triste recordar lo que alguna vez vivió, lo que alguna vez nos entusiasmó, lo que alguna vez nos hizo felices.
No hay joie de vivre en una vida así. Estamos muertos en vida. Enterrados con lo que alguna vez fue.
Pero hay una vida en el aquí y ahora que espera ser vivida.
Si tan solo enterramos el pasado.
Sin tan solo aprendemos a morir a tiempo…



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