¿Por qué robarme mi centauro? ¿Que habrá ganado el científico una vez que me haya probado que confundo mis quimeras con realidades?”. Viollet Le Duc (Creador de las Gárgolas de la Catedral de Notre Dame en París).
El 19 de Octubre de 1876 en París se creó una de los clubes más exclusivos y peculiares del mundo moderno: La Sociedad de la Autopsia Mutua.
Ser miembro de tan estrafalario club no era sencillo: además de contar con algún tipo de logro existencial -literario, político, científico, etc- los candidatos debían incluir en su testamento la intención de heredarle a la Sociedad sus restos mortales para su disección y estudio.
Y es que el objetivo último de la Sociedad de la Autopsia Mutua, -entre cuyos miembros se contaban Emile Zolá, Arthur Conan Doyle, Paul Verlaine y Maria Montessori- era contradecir 28 siglos de experiencia humana y probar la inexistencia del alma.
Desde entonces y hasta ahora, la polémica sobre la existencia y naturaleza del alma ha dominado el diálogo de sordos entre religiosos y científicos, sin que ninguna de las facciones llegue a convencer a su contraria o involucrar a la cultura popular (que sigue usando el término “alma” pese a los intentos del Materialismo Científico por desterrarla).
Que el alma siga presente en la cultura popular no sorprende. Lo que sorprende es que el alma de la cultura popular no tenga nada que ver con la visión desalmada de la ciencia -o lo que es lo mismo, un alma hecha a base de neuronas y sinápsis- ni con la tan cacareada Gloria Eterna que hasta donde yo sé implica inscribirse en una interminable batucada celestial y cantar himnos y alabanzas ad eternum (Good Grief, Charlie Brown!).
Y es que como que ninguna de las dos alternativas resulta muy atractiva que digamos.
Pero, ¿Existe el Alma?
No sé ustedes, pero yo entiendo perfecto a quienes niegan la existencia del alma. Abren los cuerpos y dicen -como aquél astronauta ruso que fue al espacio y regresó con la noticia de que Dios no existía porque él no lo había visto- que no existe tal quimera.
Pero, ¿qué quieren? Como a Le Duc, a mi me gustan las quimeras.
Y de todas mis quimeras, mi favorita es -sin lugar a dudas- el alma.
Eso que sin ser físico, misteriosamente habita el cuerpo y le presta vida, movimiento, pensamiento, emociones, sentimientos, etc. Eso que el hinduismo describe como el “ojo del ojo y el oído del oído”. Eso que los judíos llaman Ruach y los gnósticos Pneuma: aliento divino. Eso que los griegos llamaron Psyché y le concedieron la inmortalidad en premio a su amor por la vida.
Lo cierto es que Kant tenía razón cuando dijo que la existencia o del alma o su inmortalidad no se puede probar ni refutar, y yo que ya tengo un buen kilometraje pensando sobre la existencia del alma, no he encontrado frase más inspiradora que aquella con la que Sócrates da por finiquitados sus argumentos en el Fedón: para mi, sin ser concluyente, la evidencia es suficiente para “correr el hermoso riesgo” de vivir como si el alma existiera.
Pero ¡mucho ojo, amiguitos! “vivir como si el alma existiera” no implica “vivir como si Dios existiera”. Los paganos griegos no estaban tan obsesionados como el cristianismo con el concepto de ganarse las zanahorias y evitarse los palos eternos, ni con la pesadilla budista de acumular buen karma para no reencarnar en gusano quemador.
No, para mis griegos la existencia del alma tenía que ver con esta vida, no con la siguiente.
Por eso, Platón nos dijo que “correr el hermoso riesgo” de vivir como si el alma existiera era sinónimo de practicar la
“therapeia kai epimeleia psyché” (la whaaaat?): la reflexión filosófica como cuidado y mejoramiento del alma.
O, lo que es lo mismo, arriesgarse a vivir como si el alma existiera es cuidar que todo lo que nos entre por los sentidos, que todo lo que nuestra mente prepare y todo lo que nuestras manos realicen cumpla el doble objetivo de ser bello y bueno (kalos y agathos), que aporte y no reste, que edifique y no destruya.
Sólo así, dice Platón, da lo mismo si el alma existe y si es inmortal: si lo es, el dios le dará su merecido premio en el más allá y, si no lo es, nuestra breve estancia en el mundo de cualquier forma habrá iluminado la penumbra de esta vida y nuestra existencia habrá valido la pena.
A Mi Tia Marta, que corrió con creces el hermoso riesgo…




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